2- Recordando a…… FRAY LEÓN DE SAN JOSÉ


Fray León con sus atributos: la cruz de predicador (con la Campana que evoca a su tierra), el alfange con que le mataron y su palma de mártir.

Amaneció aquel 22 de julio de 1707 con un cielo límpido que auguraba un día más de calor intenso en el Concejo de la Mata, provincia de Cáceres. Concretamente en La Peraleda, en casa del matrimonio formado por Miguel Gómez y Ana García se respiraba un aire de ansiedad. ¿Sería hoy el día en que llegaría el primero y el tan deseado hijo que traería la felicidad a este matrimonio y con cuya venida lograrían ser una familia verdadera? Y así fue. Tras unas horas de parto, la señora Ana alumbraba a un niño al que meses más tarde bautizarían y le impondría por nombre Joseph, en recuerdo de su abuelo paterno.

Partida de bautismo conservada en Peraleda (click para aumentar)

La familia Gómez-García volvía a revivir un acontecimiento similar un año después, el 22 de septiembre de 1708, al nacerles su segundo hijo, al que bautizarían con el nombre de León. El niño fue bautizado en la iglesia parroquial de Peraleda de la Mata el 8 de octubre de ese mismo año, y lo hizo el Cura Propio de la Mata, D. Lucas Burgalés Holguín. Lejos estaba este sacerdote de saber que el niño al que ahora abría las puertas de la Iglesia mediante esta ceremonia sería un día martirizado por propagar la fe en la que, en este mismo momento, manifestaba creer a través de sus padrinos.

Tres años después un nuevo nacimiento, esta vez una niña, vino a completar esta familia. La niña nació un 15 de marzo y fue bautizada el 2 de abril. Se la impuso el nombre de Ana, como su madre.

En esta familia, como era normal en aquellas épocas, se cumplían con las normas de la Santa Iglesia. Padres e hijos asistían a la parroquia los domingos y fiestas de guardar, como buenos católicos. Las festividades religiosas, Cuaresma, Semana Santa, El Cristo, patrón de esta villa, Los Santos, Navidad… se vivían en común como expresión de sus creencias. Esta religiosidad vivida en la familia facilitó que León cogiera gusto a las ceremonias religiosas, viéndose impelido cada vez más no solo asistir a ellas, sino a cogerle gusto, por lo que se le veía merodear por la parroquia. No pasaría desapercibida a su madre esta inclinación de su hijo hacia la vida religiosa y debió sentirse orgullosa ella y su marido, pues tener un hijo que perteneciera al clero en aquellos tiempos era algo muy deseable.

Frecuentemente acudían a predicar a nuestra parroquia los franciscanos del vecino convento del Berrocal, en Belvís de Monroy, así como los frailes agustinos recoletos del convento de Jarandilla; esto encandilaba a nuestro León y no debió faltar algún agustino que se apercibiera de la vocación naciente en el muchacho y se preocupase de avivarla, pues nuestro León terminó decantándose por la orden de San Agustín en la que ingresaría a temprana edad.

No tenemos datos concretos de en qué convento se inició su vida como religioso, aunque es muy probable que lo hiciera en el convento de Jarandilla. Sí tenemos datos de que estuvo en el convento de Copacabana, en Madrid. Este convento, hoy desaparecido, estaba situado en el lugar que ocupa actualmente la Biblioteca Nacional. Fue aquí donde hizo “profesión religiosa“ nuestro León, el 21 de abril de 1733, a los 22 años de edad ¡Qué satisfacción para la familia Gómez-García ver a su hijo con el hábito de agustino!

La vida en el convento debió parecerle poca cosa, ya que él, como San Francisco Javier, soñaba con dedicarse a la predicación en tierras lejanas. Esto le llevó a solicitar de sus superiores le mandasen a Filipinas donde su orden tenía varios conventos. Años más tarde, la orden preparaba un envío de 53 agustinos a Filipinas a cuyo frente estaba el agustino Fray Juan Francisco de la Encarnación. Nuestro fray Leónconsiguió que le incorporaran a este envío. La expedición embarcó en el patache Nuestra Señora de Covadonga, llegando a Manila el 9 de octubre de 1737. 26 años de edad tenía Fray León cuando llegó a aquellas lejanas tierras españolas.

Patache del XVIII como el que llevó a Fray León a Filipinas

El Prior del convento de Manila, Fray Benito de San Pablo dice, hablando de Fray León, que era de trato ingenuo y de carácter “afable, benigno, verídico y muy celoso”, lo que traducido al lenguaje actual sería: amable o cariñoso, bondadoso o compasivo, que siempre dice la verdad, y celoso tenía el sentido de diligente, ardiente, intenso o apasionado. Fue ese celo el que le llevó a estudiar el tagalo, lengua que hablaban los nativos filipinos, y aunque ya en su convento de Madrid había conseguido aprenderlo, quiso profundizar más en él. Para ello le enviaron a la isla de Mindoro, al convento de Calavite, del cual era prior Fray Andrés de Santa María. Cuando el prior consideró que ya dominaba el tagalo con maestría le confió la administración y visita de los pueblos del partido de Calavite, encomendados a los agustinos.

Tal como nos cuentan, no solo se preocupaba de propagar la fe sino también de crecer él en la misma, y así cultivaba su humildad ejerciendo los oficios más bajos y dedicándose a las ocupaciones más humildes. Ayudaba a los indígenas en sus tareas, se mezclaba con ellos, se mostraba cercano y amigo, por lo que no tardó en hacerse querer por todos.

Cierto día fue a visitar, como había hecho otras veces, la parroquia de Ililin, lugar hoy desaparecido que estaba situado a 24 millas (unos 120 Kms) de la Punta Calavite. En esos años viajar en barco por esos mares era peligroso, pues los piratas moros se habían enseñoreado de la zona y lanzaban frecuentes ataques a la costa, pero eso no impedía que Fray León hiciera visitas periódicas a los pueblos de la costa occidental de Mindoro para que los cristianos de esas tierras tuvieran periódico acceso a los santos sacramentos. Ya sabía él cuando partió de España que venía a una tierra llena de peligros.

Nada hacía presagiar los trágicos acontecimientos que estaban a punto de desencadenarse, aunque ya la mar les estaba acercando milla a milla el odio y la destrucción. Pero eso lo sabía el mar, no el frailecillo peraleo apasionado, afable y bonachón que ingenuamente creía que su nueva vida en aquellas lejanas tierras apenas estaba comenzando. Toda su infancia, sus gustos, su carácter y su formación le habían empujado en una sola dirección, y ahora, por fin en Filipinas, su destino florecía y empezaba a dar generosos frutos, amando y amado por aquellas personas que a su llegada le parecieron tan extrañas y que ahora consideraba su gente, sus hermanos. Alma peralea y corazón filipino, así era nuestro santo peraleo.

Su barca le dejó por fin en tierra y desembarcó algo mareado, aturdido y muy zarandeado por el largo y pesado viaje, pero impaciente por llegar a la aldea que le esperaba. Caminando por las sendas se acercaba con rapidez al pueblecito de “i-lí-lin”, de tan grácil sonido y tan trágico recuerdo. Y mientras él caminaba con el corazón alegre, la mar, a veces tan traicionera, legua a legua iba acercando a la costa la serpiente que destruiría su terrenal paraíso para enviarle al otro eterno.

Indio filipino por una senda cerca de donde estaba Ililin

Fray León llegó a Ililin fatigado del viaje, pero alegre de corazón, dispuesto a cumplir su labor y continuar con otro pueblo. Tras el recibimiento alborozado de las gentes del poblado y las conversaciones de rigor con amigos y conocidos, Fray León se puso manos a la obra y durante ese día y el siguiente dio misa, administró a los indios los santos sacramentos, ofreció la confesión y, por supuesto, escuchó con atención a todos los que quisieron compartir con él sus alegrías y sus penas.

Las avecillas volaban y trinaban como si aquél fuera un día como todos los demás; el calor y la humedad pegaban el hábito a su piel como en cualquier otro día, y los pensamientos de León, en sus ratos libres, mezclaban en su cabeza imágenes de su pueblo y su familia, allá en España, con otras de su nueva gente y su nueva tierra, que también eran España. Todo indicaba que aquél era un día como otros y que este joven peraleo, intrépido e ilusionado, tenía ante sí un largo futuro en donde recogería con creces todo el trabajo y amor que cada día iba derrochando. Todo lo presagiaba así, mas no el mar, que sabía… y consentía, y acercaba palmo a palmo la tragedia que coronaría de gloria su vida. Gloria que ya no pudo esperar.

Pueblo en Mindoro, como los que visitaba nuestro santo

Una frugal cena puso fin a la jornada. A las 12 de la noche, de haber habido una torre y un reloj, las 12 campanadas habrían anunciado estrepitosamente el final del día, pero allí en Ililin sólo se escuchó una ráfaga de viento y el extraño sonido de algún ave nocturna entre la selva. Comenzaba así, furtivamente, como si sintiera culpabilidad, el 23 de octubre de 1739; un día más en el calendario filipino, aunque en esos momentos, allá muy lejos, en el extremo opuesto del mundo, Inglaterra declaraba, para su propia desgracia, la guerra a España. Una guerra naval que España ganaría, pero tan larga y sangrienta como inútil. Aquí en la otra punta del mundo, en la isla de Mindoro, el mar también traía ansias de sangre, sangre inocente, con nocturnidad y alevosía.

Lo que ocurrió poco después lo contaron los supervivientes y se puso por escrito para la posteridad, para orgullo de Peraleda y de los agustinos, en la Historia General de la Orden de Agustinos Recoletos, cuyo relato de los trágicos sucesos comienza así:

“Como a la una de la noche, estando él recogido y durmiendo, asaltaron el pueblo una multitud de moros tirones, camucones, mindanaos y otras bárbaras naciones, que sin ser sentidos, cercaron el pueblo, la iglesia y la casa del Padre; y apoderándose de todo comenzaron a escalar y a robar lo que en ellos había y a cautivar a todos los cristianos que a las manos podían asir (que fueron muchos, fiados al sueño y al descanso)”.

Moros filipinos, y moras, atacando un poblado

Fray León despertó sobresaltado ante el barullo que se oía. Asomado a la ventana vio y comprendió lo que sucedía. Sabiendo que nada podía hacer frente a aquellas gentes salvajes armadas de flechas y espadas, pensó en seguida que al menos podría acudir a la Iglesia para salvar el cáliz y las cosas sagradas que pudiese. Fue tarde, pues al momento se percató de que tenían rodeada su casa. En un intento a la desesperada, decidió escapar saltando por la ventana; a sus 28 años, en pleno vigor, tal vez lograra esquivarlos. Pero eran muchos los que le esperaban, no lo consiguió. Al caer al suelo, en lo que tardó en levantarse ya estaba rodeado de moros, y cuando éstos confirmaron que era el Padre, con gran alboroto y algazara lo llevaron al barco donde lo maniataron y lo dejaron bajo custodia, volviéndose ellos a tierra a continuar con su saqueo.

Los atacantes procedieron a repartirse el botín y las personas cautivadas, entregando a un rico moro tirón Fray León y varios cristianos más. Estos fueron llevados a una isla prisión donde había otros cautivos. Fray León consolaba a los pusilánimes, fortalecía en la fe a los indecisos y a todos servía de consuelo, pero era consciente de que aquella gente despiadada se ensañaría con él más que con nadie por ser fraile, el mejor trofeo de caza en su cruel batida.

Tras estos hechos, el Provincial de Recoletos de Filipinas elevó por enésima vez una queja al incompetente gobernador de la zona, que tan poco interés mostraba por proteger sus territorios.

Indios filipinos de Mindanao, los mismos a los que Fray León servía

El Provincial de Filipinas menciona la muerte del fraile dentro de su informe sobre los ataques ocurridos el 23 de octubre, pero además de este testimonio tenemos otros testimonios ofrecidos por indios filipinos que fueron capturados junto con el religioso peraleo y también de otros indios que, más tarde, escucharon de boca de los moros los sucesos ocurridos. Las versiones tienen pequeñas divergencias pero la mayoría coinciden en estos elementos: que tras su arresto padeció un duro cautiverio y malos tratos durante cierto tiempo, que le cortaron al menos las manos, los pies y la cabeza, y que sus restos fueron arrojados al mar.

Fueron muchos y variados los tormentos a que fue sometido Fray León, según contara un indio bisaya de la isla de Marinduque, que había logrado escapar. Nos dice que lo tuvieron preso, atado con cadenas, desnudo, haciéndole trabajar corporalmente hasta rendirlo y “con muchos palos que le daban”. Y aun así, lo que más enfurecía a sus captores era el hecho de que nuestro fraile nunca cesaba en sus intentos por convertirles al verdadero Dios.

Sobre el modo en que terminaron con él, fueron varias las versiones que corrieron. Como versión más fiable del martirio de Fray de León recogemos la que da el Catálogo de Agustinos Recoletos, página 232, en la que podemos leer:

Después de tenerlo mucho tiempo desnudo en un monte ocupado en la dura faena de descascarillar palay (arroz con cáscara) le quitaron la vida en medio de los más atroces tormentos. Amarrándolo a un harigne (poste de madera) y juntándose muchos moros con sus armas, le iba cada uno hiriendo poco a poco para que su muerte fuese más sentida y penosa, hasta que, habiendo pasado todos hiriéndole en diversas partes de su cuerpo, le cortaron brazos, piernas, narices y orejas, arrojando al mar su cuerpo. Estas noticias, comunicadas por algunos jolanos, se tuvieron además por varios indios que habían logrado escapar del cautiverio, los cuales, aunque no conforme en algunos detalles, coincidían en lo sustancial, y todos a una contaban el valor y fortaleza del religioso en predicar la fe de Jesucristo hasta el momento de entregar su espíritu “.

Martirio de Fray León, cuadro pintado en el s. XVIII y conservado en su parroquia natal de Peraleda

Un cuadro en nuestra parroquia, de autor desconocido, recoge el momento del martirio de nuestro mártir. Los pueblos del Concejo de la Mata olvidaron a su mártir, pero no los agustinos de Filipinas, los cuales vinieron a España y visitaron Peraleda para homenajear al mártir Fray León en el pueblo que lo vio nacer. Recuerdo de esta visita, cuya fecha desconocemos, es un cáliz que regalaron a nuestra parroquia y en el cual podemos leer en su base, en la parte interior “Recuerdo de los agustinos recoletos de Filipinas”.

Otros frailes y sacerdotes capturados por esa misma época eran llevados a islas pequeñas donde guardaban a cautivos cristianos para pedir rescate por ellos. Si a Fray León le martirizaron, y con tanta crueldad, muy probablemente se debió a lo que los testigos dijeron, que incluso en su cautiverio se entregó a su afán de evangelizar y salvar las almas también de sus captores, lo cual terminaría por enfurecerles hasta el punto de darle tormento y mutilarlo en vida con saña antes de decapitarlo y arrojar sus restos al mar. Nuestro santo era misionero y predicador, y ni la esclavitud ni la muerte lograron pararle ni atemorizarle.

Un año después del suceso, en carta fechada en Misococha el 4 de febrero de 1741, se informa de los acontecimientos al Concejo de la Mata, municipio al que pertenecía Peraleda junto con Navalmoral, Millanes y Torviscoso (además de los ya desaparecidos Malhincada y Valparaíso). El contenido de esta comunicación fue probablemente escrito por el cura párroco en un documento que se conserva actualmente en los archivos parroquiales de San Andrés, en Navalmoral de la Mata. Dos años tardaron las noticias en llegar a Peraleda, aunque estamos seguros de que para sus padres fue como si en ese mismo instante se lo hubiesen matado.

En 1995 una peralea, Juliana Rufo Blázquez (conocida por todos como Julianilla), se interesa por nuestro mártir y se pone en contacto con los frailes agustinos solicitando se preocupen de la beatificación de Fray León, al ser de su orden. Con fecha 4 de enero de 1996 le contestan diciéndole que: “En cuanto a los trámites para iniciar un proceso de canonización de un hijo de ese pueblo, corresponde al Señor Cura Párroco hacerlo del conocimiento del Señor Obispo de la diócesis para que, si lo cree oportuno, comience a dar los pasos necesarios para iniciar dicho proceso“ ¿Tendrá Peraleda el interés de impulsar hasta los altares a un hijo de nuestro pueblo?

Con esto quiero traer a la memoria de los peraleos a este religioso mediante el cual podemos decir que no fuimos ajenos a la evangelización de Filipinas, y que nuestra sangre y nuestro carácter también es capaz de producir santos y héroes.

 Peraleda 18 de Julio 2017

Eusebio Castaño

ANEXO

LA NOTIFICACIÓN OFICIAL

En 1741 el Concejo de la Mata, lugar de nacimiento del mártir, recibe la noticia del martirio y deja constancia en un documento que, como ya hemos dicho, se conserva en la parroquia de San Andrés en Navalmoral, pues cuando el Concejo se disuelve a mediados del XIX, los papeles se reparten entre los ayuntamientos de los pueblos que pertenecían a él y, por las razones que sean, terminó en Navalmoral de la Mata. En este documento se da cuenta de la noticia aparecida en “la Gaceta” (no sabemos si se refiere a una publicación Filipina o, más probablemente, de España) y se describe supuestamente en los mismos términos en que allí aparecía. Dicho documento está estropeado y en algunas partes casi ilegible, especialmente al final, pero conociendo ahora la historia de Fray León y de Fray Hipólito, hemos podido entender mejor partes que antes estaban oscuras, y transcribimos aquí la noticia tal como allí la cuentan:

“El Concejo de la Mata se mira ennoblecido oy con un Martyr el Padre fr. Leon de Sn. Joseph: Se hallava administrando en la Isla de Mindoro a tiempo q los Moros, arribando alli, sin q se pudiesse retirar le prisionaron: despues de sus malos tratamientos le desnudaron de su ropa, y amarrandole al arbol del trinquete le dieron mas de mil azotes con indecible crueldad: mientras duro este Martyrio, no cejo de predicar contra la infame Secta de Mahoma: Cansados q fueron de azotarle, le cortaron sus dos manos, ??? cuyo tormento se exalo todo en actos heroycos de la mas fervorosa (caridad?) con q ofrecio a Dios en holocausto su cuerpo, encomendandole su espiritu Viviente no cesando de predicar, le cortaron la cabeza y arrojaron sus reliquias al mar, Y en la Gaceta de II de Julio de 1741 se refiere haver sucedido este Martyrio el dia ventitres de Octubre año de mil setecientos y treinta y nueve en el Pueblo llamado Ililin de la Isla de Mindoro: y q los moros Tydores, arrojaron las reliquias al mar, llevandose por trofeo la cabeza à Tydor, y (40?) christianos (en?) Dios, a quienes confirmó en la Fe. Y assimísmo refiere dcha Gaceta q los Moros Tydores el dia 20 de Mayo de 1740 cautivaron en la misma Isla al Padre fr. Hipolito de San Agustin de la misma orden, natural de la Villa de Candeleda del Obispado de Abila, à xxxxx atado con una soga llevaron rastrando hasta la embarcacion y segun q ???? Recen xxxx dia de aquellos Barbaros se (discute?) le acabarian (quitando?) la Vida ?????? [resto ilegible]

Como vemos, la noticia está deformada, aunque no se distancia gran cosa de los testimonios recogidos en Filipinas, salvo por el error de declarar que fue asesinado en un barco el mismo día de su apresamiento. En cuanto al mencionado Padre Hipólito, los borrones y agujeros de la parte final no nos aclaran si cuando esta noticia se publica Fray Hipólito ha sido ya liberado o no.

CONCLUSIÓN

Si el Padre Hipólito, compañero cautivo de Fray León, fue merecedor de toda una biografía y la inmortalización de su recuerdo y el santo cacereño, siendo mártir y probablemente superándole en méritos, cayó en el olvido incluso de su propia tierra, no fue por otro motivo que por el de su importancia social. El admirable Padre Hipólito fue durante muchos años Procurador General de la orden, un cargo importante que además le permitió estar bien relacionado con toda la élite del momento, mientras que nuestro mártir nunca fue otra cosa que un “simple” predicador, aunque el más fogoso y heroico de todos. Ahora, cerca ya de su tercer centenario, es tal vez llegado el momento de colocar a Fray León de San José, el santo mártir cacereño, en el lugar que le corresponde.

Angel Castaño

GALERÍA DE IMÁGENES

Cáliz regalado a la parroquia de Peraleda por los agustinos recoletos filipinos

Inscripción del cáliz filipino

Espadas usadas por los moros filipinos en el XVIII. Probablemente igual que ésta fueron las usadas en el martirio del fraile peraleo.

Martirio de Fray León, conservado en la parroquia de Peraleda

Localización de todos los lugares mencionados que hemos conseguido identificar

Isla donde Fray León estuvo cautivo y fue martirizado

¿O tal vez fue martirizado en esta otra isla?

Aldea Mangyan, en Mindoro

Casa Mangyan de Mindoro

Paisaje en Mindoro

Tribu Mangyan, de la zona donde estuvo Fray León, realizando un ritual de purificación

Preparando la cena en el interior de una casa de Mindoro

Hombres de la zona preparando el arroz

Nativos filipinos decorados con plumas

 

2 comentarios en “2- Recordando a…… FRAY LEÓN DE SAN JOSÉ

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