9- Recordando a…… D. Aresio


He aquí un castellano nacido en el corazón de la actual Castilla y León, que terminó sus días en nuestra Peraleda y a quien muchos peraleos recuerdan. Tanto es así que alguien que como tantos otros marchó por esos mundos de Dios a “buscarse las habichuelas”, pero que llevan con ellos su amor al pueblo, se asomó un día a mi blog y me rogó que no olvidara a D. Aresio, el practicante, aquél que le ayudó a asomarse a este mundo, como a tantos peraleos.

Para satisfacer la curiosidad de este mi lector dedico hoy este nuevo artículo de “Recordando a ….“ a la persona de D. Aresio Núñez del Caño, que durante los años comprendidos entre 1941 y 1982 ejerció como practicante (A.T.S. diríamos hoy) en nuestro pueblo.

Son escasos los datos que conozco de la vida de D. Aresio antes de la llegada a nuestro pueblo por lo que me he visto obligado a recurrir a su hijo Raimundo quién amablemente me informó sobre la infancia y juventud de su padre. Agradezco esta información; sin ella me hubiera sido imposible pergeñar estas líneas.

Nació D. Aresio un 10 de junio de 1912 en Villalán de Campos, (Valladolid). Era el 5º hijo, entre los seis ―tres varones y tres hembras― del matrimonio formado por Raimundo Núñez Sánchez y Rosario del Caño Escudero.

Villalán del Campo es un pueblecito con escasos habitantes. En el censo de 2018 aparece con tan solo 35 vecinos. La agricultura y ganadería (cereal y ganado ovino) es lo que sostiene la economía de Villalán.

Esto nos hace suponer que su padre debió ser un agricultor y ganadero de clase media, pues sabemos que mandó a sus hijos varones a estudiar a Valladolid, algo que en aquellos tiempos no estaba al alcance de cualquiera. Fue en Valladolid donde nuestro D. Aresio, siguiendo los pasos de sus hermanos, todos al cuidado de la hermana mayor, estudió enfermería.

Entre esta ciudad y su pueblecito Villalán transcurrió la juventud y adolescencia de D. Aresio. Debió arrimar el hombro en las labores agrícolas y ganaderas de su familia. En aquellos tiempos los hijos, aun de pequeños, sumaban su esfuerzo a la economía familiar.

Llegada la hora del Servicio Militar, entonces obligatorio, se incorpora a la “mili”, siendo destinado a Ávila, donde le sorprende el Levantamiento militar del 18 de Julio de 1936 que dio origen a la nefasta Guerra Civil. Como en su expediente aparecía como enfermero, se le traslada al hospital de campaña de esta ciudad. Pronto comienzan a llegar heridos de las escaramuzas llevadas a cabo en los pueblos cercanos lo que le permite poner en práctica los conocimientos teóricos aprendidos en sus años de estudiante en Valladolid.

Al estabilizarse el frente en la sierra de Guadarrama se necesitan sanitarios, por lo que D. Aresio es trasladado de acá para allá según las órdenes recibidas. Ni que decir tiene que estos difíciles años de la Guerra le sirvieron para acumular experiencias y prácticas que le ayudarían a crecer en su profesión.

Pronto los médicos reconocieron las aptitudes que acompañaban a aquel joven sanitario que aprendía con celeridad y empezaron a confiarle los casos menos graves cuando llegaban remesas de heridos. Era él, con su buen saber, el encargado de hacerles las curas y de inyectarles los calmantes, con lo que empezó a hacer labores propias de un “practicante” más que de un enfermero. El ambiente bélico se presta a la camaradería, no nos debe extrañar que los médicos empezaran a tratarle más como un compañero que como un ayudante sanitario.

Terminada la Guerra, con el bagaje de todo lo aprendido, vino a parar a Madrigal de la Vera, donde se instala ya como practicante. No hay Seguridad Social entonces y debe apañarse con las igualas. Éstas eran aportaciones económicas que algunas familias hacían a los médicos y practicantes a cambio de que estos les prestasen sus servicios, una especie de seguro médico privado pagado directamente al médico, o un abono.

ejemplo del recibo de una iguala de practicante

Esto de las igualas se extendía a otras profesiones. En nuestro pueblo los hombres se igualaban con los barberos. Estos a cambio de una cantidad mensual fija les afeitaban, les cortaban el pelo tantas veces como el igualado lo necesitare,

Quiso el destino que una peralea, Juliana Marcos Juárez, se allegase a Madrigal (ignoro por qué motivo) y que al verla nuestro D. Aresio quedase prendado de ella, naciendo una relación entre ellos que les era muy difícil mantener por las dificultades para trasladarse de Madrigal a Peraleda. Las comunicaciones eran casi inexistentes en aquellos años. El tren era el único medio de transporte público, pero había que desplazarse a Oropesa para cogerlo y nuestro practicante no poseía caballería alguna para bajar hasta allí. Encontró la solución comprándose una bicicleta con la que bajaba desde Madrigal hasta Oropesa, y desde ahí cogía el tren hasta la estación de San Marcos (cerca de la actual área de descanso de la autovía), donde se bajaba y en bicicleta seguía hasta Peraleda.

Había veces que el tiempo lluvioso le obligaba a bajarse en Navalmoral para buscar el coche del Señor Saturnino Machaco y llegar así hasta Peraleda. Era el único coche que había en Peraleda; traer la bicicleta era un problema, no cabía en el maletero. Los coches en aquellos tiempos tenían un estribo para ayudar a montar. La solución que encontró era colocar la bicicleta en el estribo con el cristal de la ventanilla bajado y sujetarla con la mano y esto tanto si llovía como si hacía un frío intenso.

La primera vez que llegó a Peraleda se acercó a la posada, que estaba situada en la plaza, para dejar la bicicleta y poder dormir. Estaba la posada regentada por José Rubio y su mujer Emilia, quienes le acogieron con simpatía, surgiendo entre ellos una amistad que perduró mientras este matrimonio vivió.

No le debía resultar muy cómoda la posada, lugar en el que pernoctaban no solo los forasteros que llegaban al pueblo sino los animales que traían. En las posadas no había camas, cada usuario se traía su manta que echaba en el suelo y allí dormían unos al lado de los otros. Esto haría que muy pronto nuestro enamorado tuviera que acudir a casa de su novia para formalizar ante sus padres el noviazgo, lo que se llamaba pedir la entrada.

A tal fin se presentó ante los padres de su amada, Francisco Marcos Juárez y Teodora Juárez Marcos, que accedieron, y pienso que muy gustosos, a que iniciaran su noviazgo. Este matrimonio solo había tenido hijas: Juliana, Agustina y Consuelo. En aquellos tiempos en que a la mujer se la preparaba solo para el matrimonio, para los padres era un alivio ver como alguna de sus hijas empezaba un noviazgo.

No duró mucho el noviazgo, pues ante las peripecias que debía pasar para poder bajar a Peraleda a ver a la novia, se hizo preciso pensar pronto en boda; ésta se llevó a cabo el 26 de noviembre de 1941 en la parroquia Santiago Apóstol de Peraleda.

Cesa como practicante en Madrigal, abandonando las siempre verdes tierras de la Vera que cambió por el amarillo pajizo de nuestros rastrojos y se instala en Peraleda, donde ya había un practicante, D. José el Barbero. No le preocupa mucho esto, pues el sistema de Igualas le hace pensar que al menos la familia y amistades de su mujer se igualarán con él.  

Su suegra Teodora era hermana de la primera mujer del prestigioso médico D. Domingo Juárez, que lo fuera de Peraleda durante muchos años y a cuya memoria el pueblo le dedicó una calle. Este D. Domingo fue el padre de la saga de los Juárez, tan ligados todos a la sanidad de Peraleda. Su hijo D. Paco le sucedió como médico del pueblo, su otro hijo D. Emilio fue el veterinario de aquí, y otro de sus hijos, D. Carlos, fue el farmacéutico de Peraleda. Sus otros dos hijos (no tuvo ninguna hembra) también tuvieron buenas colocaciones: D. Ernesto, médico como su padre, era en aquellos años de la llegada de D. Aresio el Director Provincial de Sanidad, y su otro hijo, D. Jaime, que había optado por la carrera judicial, ejercía como tal en Madrid.

Con este bagaje por parte de la familia de su mujer, debió pensar D. Aresio que sus primeros pasos en Peraleda no serían demasiado dificultosos. Pronto su fama de buen practicante se extendió por el pueblo, lo que le permitió que las igualas fueran aumentando, y más al jubilarse D. José, el Barbero. Con lo sacado de las igualas y lo sacado de explotar las tierras que su mujer había heredado, logra mantener holgadamente su familia. Ésta no fue tan numerosa como la de sus padres, pues solo tuvo dos hijos, Raimundo y Teodora, a los que supo educar con mano un tanto dura. ”Fue exigente y recto en el quehacer con la educación de sus hijos” nos dice su hijo Raimundo. Y ¿cómo no lo iba a ser, Raimundo, si lo era así en su trabajo?

Ni que decir tiene que los conocimientos agrícolas que adquirió en su Villalán de Campos le sirven ahora para administrar las propiedades de su mujer. Fue el primero que en Peraleda sembró lentejas; hasta entonces lo único que se sembraba en Peraleda eran habas y garbanzos, además de cereales ―trigo, cebada y centeno.

Convocadas oposiciones en todo el territorio nacional por la Dirección General de Sanidad para cubrir las vacantes de sanitarios que por motivos de la Guerra no se habían podido convocar, D. Aresio se presenta, obteniendo así la plaza de Practicante de Asistencia Pública Domiciliaria de Peraleda de la Mata. Esto ocurría el 22 de septiembre de 1949.

D. Aresio no solo ejerció de practicante, también hacía de dentista, (más de una muela me sacó a mi), acudiendo la gente de los pueblos cercanos para este fin. Igualmente hacía de comadrona ayudando a las mujeres a la hora del parto, pues al no haber hospital ni en Navalmoral, ni en Plasencia, las mujeres daban a luz en la propia casa.

Fue D. Aresio una persona dedicada por entero a su profesión con la que disfrutaba, trabajador ejemplar, diligente e incansable, exigente y recto en su quehacer diario; no conocía horarios. A cualquier hora que se le necesitase, ya en su casa o ya debiendo trasladarse al domicilio del enfermo, estaba disponible. Nunca marchó de vacaciones.

Por entonces atendía también a los aparceros que había en la Vega de Alarza, al personal de El Guadalperal y a los que vivían en dehesas. En una moto solía atender a estos poblados, aun de noche, tanto si llovía como si hacía calor. Era tal su diligencia que varias veces llegó a la casa en que se le requería antes que la persona que había ido a avisarle.

Cuando acudía a un domicilio a poner las inyecciones entraba por la puerta diciendo “Ya debe estar el cazo con agua hirviendo a la cabecera de la cama”. Como las enormes inyecciones metálicas de la época no eran de agujas desechables, debían esterilizarse con agua hirviendo antes de cada uso.

Son muchos los peraleos a los que ayudó a venir a este mundo (según su hijo fueron alrededor de unos mil quinientos) y más de uno le debe la vida. Me cuenta mi mujer que asistió a un parto de un familiar y que éste fue difícil a causa de que el niño venía con el cordón umbilical enrollado al cuello. Cuando el niño nació no daba señales de vida, estaba muy morado y las presentes le creyeron muerto. D. Aresio, agarrándolo por la cabeza y los pies, le dobló varias veces “como un conejine” con el susto de las presentes, que pensaban le iba a romper los huesos, hasta que consiguió que arrancase a llorar.

Era muy sociable. Le gustaba por las tardes acudir al casino, no a jugar, sí a mantener tertulia con sus amigos, entre ellos D. Blas, el maestro de grata memoria para muchos peraleos. Este maestro me contó que a menudo jugaban al ajedrez con D. Marcelino, el cura, y un día que le comentaron que se extendía en demasía en los sermones, el propio párroco reconoció que le resultaba muy difícil controlar el tiempo de las homilías. D. Aresio encontró la solución diciendo que él diría al párroco que cuando se limpiase la frente con el pañuelo, como si estuviese sudoroso, debía terminar el sermón porque ya se hacía largo. En efecto más de una vez se vio a D. Aresio en misa sacar el pañuelo con disimulo y agitarle varias veces haciendo como que se limpiaba el sudor hasta que el cura se daba cuenta.

Imponía respeto, poseía ese duende que hace que una persona sea vista como con autoridad propia. Cierta vez recetaron a mi hijo de unos cinco añitos una caja de inyección. Acudí a casa de D. Aresio a la hora de la consulta aprovechando el recreo. Una vez puesta la inyección le dijo al niño: “mañana te quiero ver aquí solo sin que venga tu padre contigo. Tu padre debe estar en la escuela”. Se lo dijo tan serio que el niño cada día cogía su caja de inyecciones bajo el brazo y no quería que le llevara porque si no D. Aresio le iba a reñir.

Este practicante conocedor de su oficio, amante de su profesión, por imperativo legal tuvo que jubilarse al cumplir los 70 años. Peraleda le rindió un merecido homenaje en el Frontón un día de junio de 1982, siendo muchas las personas, no solo de Peraleda sino de pueblos cercanos, que con su presencia quisieron manifestar su agradecimiento a este que fuera un profesional como la copa de un pino.

Tras su jubilación, la asociación cultural La Mampara se movió para hacerle un homenaje popular. Tan solo tres años pudo disfrutar de su merecido descanso, pues un 30 de abril de 1985 nos dejaba, aunque su recuerdo permanece en muchos peraleos. Sirvan estas líneas de merecido homenaje.

Perlaleda de la Mata 16 Septiembre 2.020

 E. Castaño

6 comentarios en “9- Recordando a…… D. Aresio

  1. Muchas gracias, don Eusebio, por atender mi petición de dedicar esta sección a quien fue el terror de muchos peraleos y peraleas de mi generación. Cuando veíamos llegar su figura seria y adusta con el maletín en la mano ya nos echábamos a temblar porque su llegada presagiaba un pinchazo inminente. Y sin embargo, muchos de nosotros -unos 1.500- según dice Raimundo- tenemos una impagable deuda de gratitud con él por habernos ayudado a llegar a este mundo.
    Enhorabuena, como siempre, don Eusebio, y mi agradecimiento por conservar la memoria y el recuerdo de ese trocito de mundo llamado Peraleda y que llevamos en un lugar del corazón.

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