6- Recordando a…… D. Fernando Pulido Caro


Amaneció fría la mañana de aquel 14 de noviembre de 1787 en Peraleda. Aparecieron los tejados blancos por la fuerte helada caída en aquella noche, pero esto no impidió que el presbítero de la parroquia D. Antonio Mª Rico, abriese las puertas del templo a las seis de la mañana, como venía haciendo desde que La Rectoría de la parroquia quedase vacante por el cese de D. Bernardo Martín Ramos.

No eran muchos los fieles que acudían diariamente a oír la Santa Misa, pero sí asistían asiduamente un grupo de feligresas y algún que otro campesino, que antes de dirigirse a sus campos, como buen cristiano, sentía la necesidad de pasarse antes por la iglesia para así poder rezar sus oraciones y ofrecer a Dios su jornada laboral.

Terminada la misa varias devotas entraron en la sacristía. Querían saber si D. Antonio sabía a qué hora más o menos llegaría el nuevo Cura Rector que iba a hacerse cargo de la parroquia, si sabía algo de cómo era el nuevo cura, de dónde venía, si traía familia con él, si………. D. Antonio las mandó callar. Él no sabía nada del nuevo párroco, solo que era hoy cuando iba a llegar, ignorando la hora en que lo haría; por lo demás tendrían tiempo de conocerle y de saber todas las circunstancias que le rodearían. Y “tengan en cuenta que la curiosidad no es una virtud cristiana”, les dijo sonriendo.

Y con esta pequeña amonestación dio por terminada la visita y marchó a desayunar.

En efecto a eso de las doce de la mañana minutos después de que las campanas anunciaran la hora del Ángelus llegó a las puertas de la iglesia de Santiago Apóstol, montado en una mula, el nuevo párroco D. Fernando Pulido Caro. Saludado que fue por D. Antonio, entraron ambos al templo, ante cuyo sagrario el nuevo Párroco oró durante unos minutos. Después miró, remiró y confesó quedar impresionado. No esperaba encontrar un templo tan bello y tan amplio, ni un retablo que más pareciera de catedral que de iglesia de pueblo.

D. Antonio acompañó al nuevo párroco al alojamiento que lo había buscado y allí se despidieron hasta el siguiente día en que le presentaría a las autoridades locales.

Así debió ser más o menos la toma de posesión de D. Fernando Pulido Caro en Peraleda, como Cura Rector de Santa María de la Mata y sus anejos, lo que le hacía párroco no sólo de la Peraleda, sino también le otorgaba primacía sobre Navalmoral, Millanes y Torviscoso, únicos supervivientes de la Campana de la Mata.

Lejos estaba él de imaginar que no disfrutaría mucho de esta su nueva parroquia, pues la muerte, tan solo diez años después, lo llamaría, al igual que hace con todos los mortales y que aquí, en esta Peraleda, quedaría para siempre. Tampoco le resultaría muy agradable la estancia en su nueva parroquia en la década en la que fue su Rector, pues pronto aparecieron divergencias entre él y algunos de sus feligreses.

Que era meticuloso lo apreciamos en los libros sacramentales. En las partidas de Bautismo, en los márgenes, escribe aclaraciones muy interesantes: “este fue Vicario General de los Agustinos”, “esta ingresó en las Agustinas de Serradilla”, “este fue Profesor veterinario” y así nos quedó datos importantes para conocer mejor la historia de nuestro pueblo.

Era estricto en la defensa de la moralidad en las costumbres. Si notaba que el comportamiento de algún feligrés no se ajustaba a esta moralidad, tal y como él la consideraba, no tenía reparo en presentarse en casa del feligrés y afearle su conducta delante de los otros miembros de la familia. Esto le acarreó fama de méteme-en-todo y por ende la antipatía de muchos feligreses.

Pero de lo que empezaron a quejarse los feligreses pronto, fue de su comportamiento en el confesionario. Se rumoreaba que atosigaba a los fieles con interrogatorios que ellos pensaban que no eran necesarios para aclarar las circunstancias del pecado.

No faltaba quién, por lo bajine, comentara que si te acusabas de algún pecado contra el sexto mandamiento se empeñaba en que debías decir el nombre del cómplice, para que él pudiera reprenderle y hacer que se confesara también. Pensaba que, si el otro no quería salvar su alma, él tenía la obligación de darle un empujoncito para que lo procurara. Tal vez lo hiciera por exceso de celo apostólico, pero la mayor parte de los fieles no lo entendían así.

Los encontronazos entre D. Fernando y algunos de sus feligreses fueron siendo habituales. Hubo uno, que confesó que de no ser porque le hicieron reflexionar “hubiera pasado a casa del cura y puéstole las manos y antes tal vez quitándole la vida”. No eran tiempos de blanderías ni sutilezas, ni por uno ni por otro lado.

Este malestar entre los feligreses se concretó en que un feligrés, Juan Antonio Ruiz de Sotillo, presentara el 9 de mayo de 1793 ante el Fiscal del Tribunal de la Inquisición de Llerena una denuncia contra el Cura Rector de Peraleda de la Mata, D. Fernando Pulido Caro, en la que le acusaba del hecho de obligar a los penitentes a que manifestasen el nombre de los cómplices de sus pecados.

El Fiscal, ante la gravedad de la denuncia, pide al Tribunal tenga a bien pedir informe al Cura de Navalmoral, por ser próximo a Peraleda, sobre el delator y sobre el delatado, y que éste tome noticias de personas imparciales con el mayor “secreto y disimulo”.

Procedió el Cura de Navalmoral a dar cumplimiento a lo mandado por la Inquisición y tomó declaración al delator Antonio Ruiz de Sotillo, el cual declara ser soltero, tener 23 años, y haber oído que el Cura ha negado la absolución a algunos penitentes por no querer decir el nombre de sus cómplices al serles preguntado por el Confesor, y que esto lo sabe por Martín García y por otros muchos. Que él mismo al confesar un pecado contra el 6º mandamiento, explicando el estado y circunstancias de su cómplice, le preguntó quién era éste y que él le contestó “ya le dije a Vd, que es casada”, e insistió en que debía decirle quién era y quién era su marido y que como él se negara le dijo que no podía absolverle, por lo que se levantó y fue a confesarse con otro confesor.

Igualmente declaró Martín García, de 23 años de edad, que al confesarse el Jueves Santo de 1790 se acusó de pecar contra el 6º mandamiento, explicando sus circunstancias y las del cómplice; que el confesor le pidió dijese con quién había pecado y cómo se llamaba. Al decirle que no era necesario decir el nombre le dijo que sí era necesario para que él pudiera estar con esa persona y poder reprenderla, y que si no se lo decís no podría darle la absolución, pero al levantarse para marcharse, el cura le dijo: “Póngase de rodillas, que le daré la absolución aunque no debiera hacerlo”.

Otro feligrés manifestó que le dijo una mujer, cuyo nombre no se atreve a declarar por no faltar al secreto que le prometió, decir que al confesarse de un pecado “torpe” le exigió en que había de decirle con quién había pecado, y que la insistió tanto y la amenazó con no darle la absolución que terminó diciendo su nombre; y que como era él mismo el cómplice, pues la mujer se lo contó.

Fueron más los testigos que confesaron cosas parecidas. Entre ellos estaba María Camacho Roda, de 30 años, casada; Ana Sánchez de 50 años, casada; Ana Gómez de 26 años, casada, y Josefa Moreno de 30 años, soltera.

El Cura de Navalmoral remitió estas declaraciones al Tribunal de Llerena, que suponemos que para evitar un escándalo se limitase a echarle una reprimenda, porque que sepamos entre la fecha de esta denuncia 1793 y la fecha de la muerte cuatro años después, en 1797 no faltó de la parroquia.¿Le afectó la denuncia ante la Inquisición? Suponemos que sí; pues sabemos que a partir de este suceso entró en una depresión que le llevó a perder el juicio, muriendo un 13 de febrero, nos dice el Clérigo D. Antonio Mª Rico, sin confesión y sin recibir el Viático “a causa de un delirio que le acometió y le privó de la razón”.

Recibió el sacramento de la Extremaunción, que le administró D. Antonio María.

Al no haber testado, sus hermanos dispusieron se enterrase en la Iglesia parroquial Santiago Apóstol de esta villa de la Peraleda, lo que se hizo dos días después, el 15 de dicho mes y año, en la sepultura nº 22 que actualmente se encuentra en la parte izquierda, pegando a las gradas del presbiterio, quedando parte de ella tapada por la última grada.

Sus hermanos mandaron se celebrase por su alma funeral, honras y cabo de año, con oficio entero de difuntos, más cincuenta misas votivas, y sesenta comunes. Así mismo mandaron que a las Obras Pías se les diese lo acostumbrado.

Peraleda de la Mata 20 de diciembre de 2017

E. Castaño

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