El día en que el esquilón tocó seis veces


Antes de que la electrónica se subiera a nuestro campanario, eran los monaguillos los encargados de tocar las campanas y con ellas comunicaban al pueblo no solo los inicios de actos religiosos sino también aquellas noticias de interés local que era necesario comunicar al pueblo, Podríamos decir que las campanas hacían de altavoz. Que había un incendio, (no se conocían los bomberos en nuestro pueblo), las campanas con su toque especial avisaban al vecindario, que se movilizaba al momento con cubos, sogas y escaleras para acudir a apagar el fuego; que un niño se perdía, cosa no rara en aquellos tiempos en que eran muchos los que vivían en el campo (carboneros, leñadores, guardas, ganaderos…) las campanas lo avisaban y los vecinos acudían a ayudar a la familia; que uno fallecía, las campanas anunciaban su muerte así como luego cuando iba a empezar su entierro. También nos decía si el entierro era de una persona adulta o un párvulo (niño pequeño), o si era un pobre o un rico. Hoy nos parecería ridículo hacer esta última distinción en la hora de la muerte, precisamente en ese momento cuando todos nos igualamos. Y es que las campanas tenían un lenguaje que hoy, con el martillo electrónico se ha perdido.

He dicho que distinguían los toques si el fallecido era un adulto o un párvulo; la muerte de un párvulo se anunciaba con el toque del esquilón. Sabemos que la mortalidad infantil en aquella época alcanzaba cifras escandalosas. Rara era la familia que conseguía sacar adelante a su prole sin que en los primeros años no hubiera tenido que enterrar a alguno de sus hijos.

El toque del esquilón hacía exclamar a nuestras abuelas “un angelito más al cielo”, a la vez que se asomaban al portón y a la primera que pasaba preguntara “¿a quién le ha tocado esta vez?”. La contestación solía ser parecida a ésta: “es el niño de Anastasia la de Félix ; y ya es el tercero que pierde”.

Pero aquel 2 de julio de 1896 ninguna abuela se asomó al portón a preguntar a quién le había tocado esa vez; todo Peraleda era sabedor de lo ocurrido la tarde anterior, el día 1. La tragedia ocurrida esa tarde no la olvidaría Peraleda fácilmente, aunque ciertamente se intentó.

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ROSA

El 22 de marzo de 1865 nacía en Peraleda una niña a la que impusieron el nombre de Rosa. Era la segunda hija del matrimonio formado por Francisco Rufo Sánchez e Isabel Barquero Rivera (después llegarían otros diez más).

La citada Rosa se casó con Antonio Juárez Fraile, natural de la vecina Calzada de Oropesa. De este matrimonio nacieron 7 hijos, el primero el 22 de julio de 1885 y el último el 22 de septiembre de 1895. A pesar de todo esto, estaba lejos de ser una persona normal, pues los vecinos declaran que siempre había tenido graves problemas mentales y violentos ataques de histeria, lo que hoy llamaríamos brotes psicóticos.

El caso es que a eso de las cuatro de la tarde del primero de julio del año 1896 se hallaba en el domicilio de sus padres y sola, pues estos como labradores que eran estaban en las eras. Entonces debió sufrir otro brote, ya que lo que ocurrió a continuación no tiene otra explicación. Tenía ella 31 años cuando el horror se desató.

Rosa estaba esa tarde sentada a la puerta de la casa y empezó a engatusar a los niños que pasaban por allí con dulces y juguetes. Con esas artes logró juntar a 13 niños, a los cuales hizo pasar a casa. Y aquí empieza la tragedia.

Adosado a la casa había un corral, y en el corral un pozo. La mujer encerró a todos los niños en una habitación y con una sangre fría indescriptible los fue sacando de uno en uno y arrojando luego al dicho pozo. Mientras ella iba y venía, cinco de los niños encontraron el momento y la manera de escaparse del encierro saltando por una ventana. Dando voces pusieron en alerta a los vecinos. En seguida se presentaron varios vecinos, logrando entrar en la casa antes de que le diera tiempo a la mujer a deshacerse de todos los demás. Rosa, al verlos entrar, se tiró ella misma al pozo sobre los ocho niños que ya había arrojado dentro. Consiguieron sacarla con vida, así como a dos niñas que aún no se habían ahogado. Pero no pudieron hacer nada por los otros seis niños que ya habían perecido.

Ni que decir tiene que la noticia se extendió como la pólvora y Peraleda se conmovió hasta los tuétanos con lo ocurrido. Por eso al día siguiente, cuando el esquilón anunciaba el entierro de los niños, nadie preguntó a quién le había tocado esta vez. Todos conocían de sobra la respuesta.

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Esta es, para su recuerdo, la relación de los niños ahogados:

in memoriam

1- Luis-Gonzalo Jiménez Sánchez de tan solo 14 meses. Cuidaba de él su hermano mayor, que logró escapar.
2- Mª Cristina Fraile Moscatel, de 16 meses.
3- Raúl-Juan Fraile Moscatel, de 3 años.
4- Gerardo-Juan Alonso, de 5 años.
5- Román-Toribio Fraile Moscatel, de 7 años.
6- Josefa-Simona Miguel Sánchez, de 8 años.

(datos exactos sacados de las actas de defunción conservadas en el Ayuntamiento de Peraleda)

Acta de defunción de uno de los niños
Acta de defunción de uno de los niños ahogados, conservada en el Ayuntamiento de Peraleda

El dolor, el espanto y el enojo de los vecinos de Peraleda no tenía límites. Cuando las autoridades se llevaban a Rosa a la cárcel, el pueblo intentó lincharla, sin conseguirlo.

La noticia fue tan impactante que salió incluso en la prensa nacional, en varios periódicos.

CRISTINA

Pero siendo todo tan tremendo, hay una víctima que sufrió este golpe con una intensidad especialmente brutal, aunque no se encontrara entre los asesinados. Se trata de Cristina Moscatel Rico. Era ella una joven mujer que en cuestión de meses vio como su vida quedaba hecha añicos para siempre. El 14 de enero del año anterior había quedado viuda. Se encontraba intentando asimilar la muerte de su marido, Francisco Fraile Martínez, que había fallecido con tan solo 34 años a causa de una epidemia de viruela que asoló Peraleda, dejándola sola con tres hijos, Leoncio, Toribio y Juan, y embarazada de la niña Mª Cristina, que naciera cuatro meses después. Cristina y su marido Francisco habían tenido, a parte de estos tres hijos, otros tres más: Serafina-Santiaga, Agustín-Cipriano, y Vicente-Práxedes. Todos fallecieron antes que el padre.

Con tres niños muertos y a continuación también su marido, Cristina se aferró a los cuatro hijos supervivientes para seguir luchando. Nunca se pudo imaginar que las garras de la muerte no habían quedado satisfechas y acechaban con un nuevo zarpazo. Y esta vez incluso mucho más terrible que los ya sufridos.

De los cuatro hijos que le quedaban a esta mujer, tres de ellos acabaron en el pozo de la loca homicida: la bebé Mª Cristina, el pequeño Raúl, de tres añitos, y Román, de 7, que les estaba cuidando. Sólo uno, el mayor de todos, consiguió salvar la vida, Ramón-Leoncio. Ya no sabemos más de ellos en Peraleda, aquí no dejaron rastro, así que es fácil entender que esta pobre mujer cogiera al único hijo que le quedaba (de los siete que tuvo) y se marchara lo más lejos posible para intentar rehacer su vida.

Y efectivamente, he rastreado la descendencia de esta desgraciada mujer y he averiguado que tenía una hermana, Lorenza Moscatel Risco, que casó con Casimiro Zamora. Descendientes de este matrimonio, que no desean que publique su nombre, me han dicho que su tía abuela Cristina emigró al Brasil con su único hijo superviviente.

Otro de los niños ahogados, Gerardo-Juan Alonso Sánchez, era hijo de Domingo Alonso Bravo y de Juana Fernández Rufo. Tenía un hermano llamado Antonio Alonso Fernández, que casó con Manuela Rubio Rufo. De Otro de los niños ahogados, Gerardo-Juan Alonso, era hijo de Domingo y de Juana. Tenía un hermano llamado Antonio Alonso Fernández, que casó con Manuela Rubio Rufo. De este matrimonio nacieron Justo Alonso Rubio, Teodora e Higinio. Descendientes de éstos aún viven, y fue uno de ellos quien me confirmó el sitio exacto de la casa donde ocurrió tan luctuoso suceso. Diremos que la casa del pozo estaba en la C/ Vera Cruz, por la zona de la fragua, aunque por respeto no especificaremos más.

De la psicópata Rosa parece ser que finalmente fue trasladada a un psiquiátrico, suponemos que el de Plasencia, donde pasó el resto de sus días. Su marido volvió a Calzada llevándose los hijos con él. No debía serle muy agradable encontrarse con los padres de los niños ahogados aunque realmente su mujer no fuera responsable de lo ocurrido, pues fue la enfermedad la que la llevó a cometer tal desatino. Y sobre todo, como buen padre, no querría ver cómo a sus hijos les señalaban como los hijos de la loca asesina.

Peraleda de la Mata 26 de Abril de 2020
E. Castaño


ANEXO

LA NOTICIA EN LA PRENSA

Esta noticia aparece recogida en varios artículos de la prensa nacional de Madrid: El Liberal, La Época y La Correspondencia de España. Los detalles que dan varían en varios puntos menores. La versión que he dado selecciona los datos más fiables hallados en los registros locales. En cuanto a quiénes entraron primero en la casa, unos dicen que vecinos y otros que las autoridades. Hemos optado por los vecinos porque, aunque para un periodista madrileño no parezca evidente, si en un pueblo unos niños gritan socorro, los vecinos de entonces no irían corriendo a buscar a la guardia civil ni al alcalde, sino que entrarían corriendo a socorrerlos, además de que de no haberlo hecho así no habría dado tiempo a salvar a ninguno de ellos.

Copiamos aquí la versión más larga, la aparecida en el Liberal.

El Liberal

(Madrid, 5 de julio de 1896)

SEIS NIÑOS ASESINADOS

Nos escriben de Peraleda de la Mata dándonos cuenta de los horribles crímenes cometidos por una mujer de aquél pueblo, llamada Rosa Rufo.
La autora de los crímenes es una loca.
Desde hace mucho tiempo padecía frecuentes accesos de enajenación mental, acompañados en su mayoría de violentísimos ataques de histerismo.
Anteayer, Rosa Rufo se sentó en un banco á la puerta de su casa. A todos los niños que pasaban les llamaba y les retenía á su lado, prometiéndolos dulces y juguetes.
Cuando reunió quince niños, el mayor de diez años, penetró con ellos en la casa y les encerró en una habitación.
Después fué sacando uno á uno, y con una sangre fría espantable los fué arrojando en un pozo.
Cinco niños lograron escapar de su encierro, y salieron á la calle dando gritos de socorro.
Cuando penetraron las autoridades en el patio de la casa, retrocedieron horrorizadas.
Rosa Rufo, después de arrojar al pozo á ocho niños, se arrojó ella.
Dos niñas y la terrible loca, fueron extraídas con vida.
Los seis restantes fueron sacados muertos. Estos tenían, diez, nueve, siete, cinco años, y dos de diecinueve y ocho meses de edad.
Este crimen ha causado extraordinaria indignación entre el honrado vecindario de Peraleda de la Mata.
Cuando Rosa Rufo fué conducida á la cárcel hubo necesidad de adoptar grandes precauciones, porque la multitud indignada intentó tomarse la justicia por su mano.

10 comentarios en “El día en que el esquilón tocó seis veces

  1. Querido D. Eusebio:
    Leo los artículos que publica sobre la historia de Peraleda.
    Quiero darle las gracias por esta importante labor que es dar a conocer la historia de nuestro pueblo, pero también por las curiosas anécdotas que ilustran su escritos (sobre Lucio García), por el rigor en la investigación de los acontecimientos citados (historia de las escuelas) y por el trabajo de documentación tan brillante que aporta al exponer los hechos (el día que el esquilón tocó seis veces).
    Nos ayuda a saber hechos de nuestro pueblo y a recordar acontecimientos que hemos vivido.
    Siga enseñándonos cosas.

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  2. Yo fuí monaguillo en Peraleda de la Mata hace 45 años, y aún recuerdo las subidas al campanario para tocar las campanas a mano, y el esquilón, y los toques a rebato cuando había algún fuego en el pueblo…los toques a muerto, llamar a misa…desconocía este episodio negro de la historia de Peraleda, pero su lectura me ha traído muchos recuerdos…muchas gracias, querido Maestro…

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